Sexteto de chicas de Brooklyn con su primer disco bajo el brazo, Effi Briest regresa con ese sonido orgánico y minimal del post-punk y lo hacen con una brillantez que desencaja.
No hay oscuridad a la manera de Joy Division por ejemplo, esto más tiene que ver con The Slits por la voz y actitud de su cantante Kelsey Barrett, pero unirlas a nombres igual sería algo simplista, ya que cuentan con un fondo sonoro propio y poderoso, sincopado y elevado como las agrupaciones del rock alemán de los 70s', nuevamente marcianas con esos teclados retro-futuristas, unidos a la base ritmica marcial y a múltiples ruidillos que van y vienen sin orden ni estructura.
Guitarras que golpetean sobre ambientes limpios, las voces por momentos se tornan algo aereas y distantes, hay una preferencia por urgar en lo salvaje y espartano como en "Long Shadow", un trance de otro tiempo que viene por nosotros, espeso y combativo, ya más primitivas en "Cousins", geniales y maquievalicas con Rebecca Squiers y su clarinete desquiciado.
Una interesante apuesta del sello Sacred Bones Records, siempre tratando de mirar entre las nuevas definiciones del ruido after-punk, creemos que con Effi Briest comienzan a pisar sobre una nueva huella, el tiempo lo dirá en todo caso.
Raúl Cabrera Hidalgo.
Y con 2 años de recorrido, regresan mansas las olas del Hawái:
Este 2010 ya habrán pasado más de veinte años, más de dos décadas. Décimo LP, muchos EP’s en el camino, y acá están de nuevo, insobornables e infalibles como ellos solos. Booth & Brown, el mejor dúo, la mejor banda que ha surgido en las islas británicas en los últimos tres lustros. Este álbum sucede a “Quaristice” (Warp, 2008), el que para muchos significó una suerte de reencantamiento, un back to basics. Esto porque la trilogía anterior significó una sumersión en un pozo muy oscuro, un pozo del que algunos veían difícil salir. Confusión, sonidos intrincados, complejidad, ritmos para nada fáciles de aprehender. Sin embargo, particularmente creo que tanto “Confield” (Warp, 2001) como “Draft 7.30” (Warp, 2003) y “Untilted” (Warp, 2005) conforman un tríptico fascinante y absorbente, magia digital inigualable, a la altura de sus más celebrados y reconocidos discos de mediados de los noventa. Por eso precisamente, y aunque me cueste decirlo, tengo ciertas objeciones con “Quaristice”, no con el disco entero sino con ciertos tracks que no cuadraban en él, faltos de esa densidad a los que nos estaban acostumbrando. Y eso no fue del todo casual. “Con ‘Quaristice’ estabamos haciendo todo lo que posiblemente podríamos hacer en vivo y grabándolo como una jam”.
De vuelta al 2010. Si el anterior trabajo implicaba o intentaba –con ellos eso puede ser fruto del azar o parte de un plan perfecto– ser un retorno a los sonidos más dinámicos, “Oversteps” consigue ser un retorno a “Tri Repeate” (Warp, 1995) o “Chiastic Slide” (Warp, 1997), sin que deje con ello de ser nuevo. En el fondo, todos sus discos lo han sido, forman parte de un mundo siempre en movimiento, donde la palabra evolución tiene que ser tomada con mucho cuidado, pues a simple vista no se ven, pero si uno escarba entre las rendijas sonoras y si uno ve a Autechre como un todo, logra verse esa evolución y un desarrollo progresivo y ascendente a lo largo de todo este tiempo, un avance prematuro y evidente. Ya desde el principio los avances eran notorios –“Amber” (Warp, 1994) ya era un paso muy por delante respecto a “Incunabula” (Warp, 1993)–. Este también lo es, aunque eso impliqué mirar atrás, pero insisto, a Autechre hay que mirarlo como un conjunto más que separadamente. Mientras la electrónica se enredaba en sí misma, disparaba para cualquier lado, ellos estaban en lo suyo, sin mirar al lado más que lo necesario –“No pensamos en el oyente, y eso puede ser que provoque que no siempre seamos fáciles de entender ni digerir. Lo que queremos es convertir en sonidos nuestra forma de manipular el software y la tecnología”–. Encerrados en su esfera, consiguen, otra vez más, crear dimensiones paralelas de sonidos difíciles de etiquetar: hip hop (“treale”), ambient (“see on see”), electro (“qplay”), industrial, IDM, siempre seguida de esa palabra a veces odiada pero que sin duda es la más recurrente a la hora de describirlos: abstracto. Algo que no significa mucho, pero que ilustra mas o menos bien lo que hacen, esto es, la imposibilidad de agarrar aunque sea una de las múltiples facetas que contienen cada uno de sus tracks, imposibilidad que es tanto nuestra como suya –“No sabemos porque hacemos lo que hacemos o porque nos gusta, pero sabemos que es el resultado de montones de programaciones a través de nuestras vidas y montones de otras cosas que han pasado, pero eso es todo lo que sabemos. Es como preguntarle a un niño por qué juega en esas estructuras elevadas. ¿Qué quiere decir por qué? ¿Qué tipo de pregunta es esa?”–. Simplemente viven dentro de su propia estructura que está por sobre ellos, y desde ese aislamiento moldean la realidad sonora –“ Tu tienes un sistema. Y escuchas los resultados de ese sistema. Gran parte del sistema envuelve hablar entre nosotros y escucharnos a nosotros para ver dónde están, y ellos dicen ‘si tu estás haciendo ESO luego yo haré ESTO, y si ESTO sucede, luego ESTA acción pasará. Hemos estado programando cosas como estas por doce años”–.
“Oversteps” es otro piso más en esa gran edificación construida sobre la base de loops, ritmos indefinidos, partículas en constante coalición, melodías superpuestas, melodías que tienen un principio pero cuyo final ocurre luego de terminada la canción. Sean Booth y Rob Brown arman sus temas como para ser escuchados por seres con mas de dos oídos, los construyen como quien tira líneas de un lado a otro, sonidos rectos y curvos cruzándose unos con otros. Objetos sin forma dispuestos en perfecta simetría.
Hawái.
Septiembre 8 de 2003, Ginebra, Suiza. El festival La Batie reúne a dos músicos distantes tanto geográfica como estilísticamente, el austríaco Christian Fennesz y el norteamericano Mark Linkous (Sparklehorse). Sin embargo, este último ya confesaba una admiración por el primero, y siempre llano a ampliar su sonido, deseaba colaborar con el espigado guitarrista. “Intentamos mezclar el sonido de Christian con la guitarra, que suena manipulada por el ordenador, con las melodías de Sparklehorse. Fue muy interesante hacerlo porque comprobamos que siempre hay una reinterpretación de nuestra música. Realmente, nuestro encuentro en Ginebra fue todo un éxito”.
Diciembre de 2007, Nederhorst Den Berg, Holanda. Como parte del proyecto In The Fishtank, una extensión del sello y distribuidora holandesa Konkurrent, invitan a músicos a quienes sienten fuertemente relacionados para grabar juntos. Ellos tienen dos días en el estudio para hacer lo que quieran hacer musicalmente. E hicieron lo que quisieron. Unas cuantas herramientas: guitarras, acústicas y eléctricas, teclados, laptop y voz. Un par de días. El resultado, siete temas, poco más de cuarenta minutos de música a veces al borde del ensayo y del experimento, pero la mayor parte del tiempo capaz de traspasar esa línea para llegar a aquel lugar llamado canción, un lugar pretendido por ambos. En un primer momento, la feliz unión se inclina por irse hacia los terrenos de Fennesz, sobre todo por las texturas electrónicas, los ruidos escuela Mego (“Shai-Hulud”), las guitarras tratadas mirando hacia islas soleadas –“Endless Summer” (Mego, 2001)–, más cercanas al paisaje pero igual colindando con el pop. Pero ahí están los teclados presentes “Music Box Of Snakes”, tan próximos a Sparklehorse –este siempre ha intentado llevar su folk por otras direcciones–, como sacados de “Good Morning Spider” (Capitol, 1998). Ahí está la voz o más bien los susurros ambientales de Mark en “Goodnight Sweetheart”. A continuación de eso, el primer punto alto, “If My Heart”, una canción completamente Sparklehorse, más desnuda de lo habitual, en esta ocasión las cuerdas vocales de Mark dignas herederas de Robert Wyatt, y solo cubierta de pequeños fragmentos, como lentejuelas sobre una vieja vestimenta tradicional. También hay espacio para el noise repetitivo y lúgubre (“NC Bongu Buddy”), pero se haya rodeado de dos piezas para guitarra, una para cada uno de los protagonistas, Linkous, folk prístino encerrado en una caja musical, Fennesz, acordes igual de limpios, impensados hace una década.
Marzo 6 de 2010, la tristeza cubre el cielo, está lloviendo de nuevo. Mark se ha ido para siempre, ha decidido quitarse la vida. Ya no habrá más discos de Sparklehorse, ya no habrán mas colaboraciones como esta. A veces la muerte de gente que no conocemos y que están muy lejos afectan como si fuesen nuestros vecinos. Algo así me sucedió con esta. Espero que su decisión haya sido para bien. No creo que haya un dios, pero como otros albergo la esperanza que existe y que hay un lugar mejor. Ojalá que este allí. Mantengo la ilusión que esta no haya sido una estrella que se apagó sino una que simplemente cambio de rumbo, en dirección hacia ese lugar mejor. La desviación de un sueño. Adiós Mark. “Fue con placer y orgullo que tuve el honor de trabajar con Mark. No puedo describir cuanto lo extrañare, pero tengo el consuelo de saber que el ha encontrado paz”, Christian Fennesz.
Hawái.
Escucha El Sueño del Esquimal, los jueves desde las 21 hrs, transmitiendo desde Radio Placeres 87.7 fm para Valparaíso y sus alrededores, también online para el resto de este y los otros mundos.
ToKatas, ToKatas... Tokatas!
